Los condenados, círculo latinoamericano

“Está todo muy bien, señora marquesa.
Pero tengo que decirle, señora marquesa,
que habiendo sabido que estaba arruinado,
apenas se recuperó de la sorpresa el señor marqués se suicidó.
Después de haber amontonado los muebles derramó las velas
y le dio fuego a todo el castillo que se quemó completamente
desde abajo hasta arriba.
Porque el viento soplaba, el incendio se propagó velozmente a las caballerizas
y en menos que canta un gallo,
murió también vuestra potranca.
Pero, por lo demás, señora marquesa, esta todo muy bien,
tout va très bien”.
Ray Ventura et ses collégiens, “Tout va très bien, Madame la marquise”, 1935

Soy, trato de ser, un sentipensante.

Entiendo decir que la educación, las reflexiones, el aprendizaje … me llevan a tratar de conjugar mis escasos conocimientos con los sentimientos y el cuerpo y, por reflejo, con el quehacer teórico y práctico. Y viceversa;

que rechazo coscientemente el límite fijado por la sola observación de cuanto sucede masticando palomitas de pop corn;

que rechazo el papel de arcángel que, sentado en una nube, toca con sosiego la lira mientras arden Roma, Quito, Bagdad, Argel o La Paz.

Probablemente, la del arcángel es una posición cómoda. Pero, no siendo ni una entidad etérea ni un aspirante a la abstracta perfección, prefiero seguir el dictado indicado por los versos de “Guantanamera”:

“Con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar”.

Sin con ello quitarle nada, más bien al contrario, a la necesidad de la crítica.

Vivimos un tiempo caracterizado por el naufragio de la sociedad capitalista dominada por la finanza. No es ni una elección ni una opinión, sino simplemente un hecho.

Naturalmente, ello no significa que el capitalismo caerá por sí solo o que pronto brillará el sol del porvenir.

La característica dominante de este periodo es la guerra.

Como sucede con los golpes de estado, la guerra no se caracteriza necesariamente por la multiplicación de los tanques en la calle, sino por el rol determinante de la fuerza militar.

En nuestro tiempo, las guerras asumen diversas formas: rapiña, saqueo, robo y apropiación de los bienes y recursos útiles a la vida de las poblaciones, endeudamiento inducido y condicionante, guerras directas y teledirigidas, guerras dirigidas por los medios de comunicación, destrucciones dirigidas a destabilizar y empobrecer enteras regiones y países … Comprenden los golpes de estado para destruir los gobiernos que no se pliegan, como sucede ahora en Bolivia, y la barbarie para someter a los pueblos que resisten, como sucede ahora en Chile, Bolivia o Palestina.

En el caso chileno la barbarie se despliega a plena vista: decenas de muertos, miles de detenidos, centenares de violaciones sexuales, fuerte crecimiento del número de tuertos.

Disparando a la altura de los ojos con fuciles cargados con perdigones, adáptandose a las mejores tradiciones de la lupara de Corleone la policia chilena ha creado un nuovo deterrente de masa.

Hasta ahora, por esos lados la población era objeto de desapariciones, matanzas, maltratamientos y violencias. Ahora, muchos personas pueden transformarse en un avatar de Polifemo.

Mirándolo en positivo, podría dar origen a una nueva rama de negocios:

“Hemos creado una serie de monóculos a la Moshe Dayan. Disponemos de un ampio surtido de colores, todos rigurosamente bisex: Blancos para las y los tradicionalistas. Rojos para los y las comunistas. Verdes para los y las ecologistas. Pálidamente marfileños para tímidas y tímidos”…

Podríamos deducir que en un país de ciegos, en el futuro podrían reinar tuertos y tuertas.

Una de la consecuencias de la difusión de la violencia es la emigración masiva por la eliminación, real o potencial, de todo derecho.

Al capital no le interesan solamente los pozos de petróleo o el litio, sino la aniquilación y éxodo de las poblaciones.

Colombia es un ejemplo de manual a este respecto.

Las guerras por apoderarse de los recursos expanden el hambre y las enfermedades, multiplican los huérfanos y comercios sexuales, destruyen las identidades, difunden la ignorancia y la desesperación.

El fracaso y la decadencia sistémicas son probadas más allá de toda razonable duda por la carta blanca concedida a la OTAN en todo el mundo o, en el caso de algunos imperialistas periféricos, por la construcción y lanzamiento de nuevas naves portaviones y/o confirmación de la compra de los caros, inseguros y ciertamente espantosos F-35 …

La emigración masiva es consecuencia de la disfusión del estado de guerra, real o latente.

La vida fácil y regalada, imagen adecuada para representarla cuanto lo puede ser la de un elefante en una cristalería, puede ser argumentada y aceptada sólo por quienes desprecian la vida.

Banalmente, cuando en Africa se difunde la palma africana, en India el algodón OGM y en el cono sur latinoamericano la soya (igualmente transgénica), enteras generaciones de campesinos pierden su relación con la tierra y sus posibilidades de supervivencia.

Banalmente, africanos y sirios, hondureños y mexicanos, emigran para escapar de las guerras y de la lógica de la especulación que conlleva su muerte, física real y concreta, o su larga agonía mental que no es muy preferible.

Vivimos una nueva forma de acumulación original que no depende esencialmente de la explotación del trabajo sino de la explotación indirecta mediante saqueo, usurpación, expropiación y supresión de derechos.

Se podría decir, siempre banalizando, que en nuestros dias ser explotado es casi un privilegio. A los superfluos, a los que sobran, cercanos o lejanos que sean, no se les reconoce ni siquiera la dignidad.

En la época victoriana se trabajaba 12-14 horas diarias gracias a las leyes que, en nombre de la lucha contra el vagabundaje, castigaban con la muerte los que vivían durante un mes con los gitanos, robaban en los supermercados o se teñían la cara de negro para camuflarse.

Nuestra modernidad ha superado tanto malgusto con el orgasmo plástico derivado de la tarjeta de crédito.

Comprar y consumir a plazo es aquel particular deber de los ciudadanos que, en las actuales condiciones, además de poner en discusión la supervivencia del planeta, permite que individuos y Estados puedan ingresar en la espiral perversa de las deudas eternas.

El caso argentino elimina toda duda:

Macri ha endeudado el país por 100 años y, a pesar de que ha pagado más de cuanto ha recibido, ha multiplicado la deuda del país, deuda que deberán pagar todas y todos los argentinos por lo menos durante cuatro generaciones.

Esta versión moderna de la multiplicación del pan y los peces no comprende la remisión de las deudas y elimina toda fiesta de redención.

En el reino del endeudamiento eterno nadie vivirá feliz y contento. Excluidos reyes, dictadores, tiburones, chulos o cafiches y personajes similares.

A estos les gusta ganar fácil y vivir solos. Son, por decirlo en alguna forma, solistas encallecidos.

La contradicción principal de nuestro tiempo es la contradicción entre  la vida y la muerte.

La vida se defiende con más vida.

La defensa de la vida en todas sus formas es la más alta conciencia de clase posible hoy en día.

Sin adoptar formas de franciscanismo de masa, pienso que se deba tratar de vivir como se piensa que sea justo hacerlo si no se quiere terminar por pensar como se vive.

Porque el mundo no se cambia desde afuera, el desafío consiste en encontrar respuestas en la vida en común, querer aprender aceptando al otro, construir y modificar las propias ideas de partida en la lucha y en el debate, no teórico sino práctico, para cambiar las condiciones de vida. 

En esto identifico una respuesta positiva inicial a las quejas por la falta de una dirección politica como, por ejemplo, en el caso chileno.

Agrego que el vanguardismo, o sea la autoasignación de roles directivos no convalidados por la práctica, sigue siendo una costumbre común practicada incluso mediante cooptación, a pesar de que ha producido sólo resultados no positivos en todas partes.

El neoliberismo no es sólo una forma extrema del capitalismo. Es además un sistema integral de dominación social, cultural y política que crea una élite oligárquica en todos los campos.

No se limita a superexplotar a los trabajadores y a corromper todo lo que toca, especialmente a los políticos, sin dejar espacio al desacuerdo.

A las víctimas les queda sólo la posibilidad de la rebelión.

Exactamente lo que está sucediendo en América Latina.

La advertencia es obligatoria: se trata de un virus sumamente contagioso.

Concluyo con algunas rápidas anotaciones sobre Chile.

Antes que nada, para evitar equívocos afirmo que conviene definir la vuelta a la democracia (1990) como una “museificación de la memoria”.

Quiero decir que ”en el Chile en transición hacia la democracia en la medida de lo posible”, la dictatura de Pinochet ha sido y es omnipresente, formal e informalmente:

– informalmente en el miedo a la vuelta de los militares al poder, en la disciplina económica del libre mercado, en el robo sistemático de los “recursos naturales”. En esta larga transición hacia el vacío ha seguido fielmente la estela marcada por el exterminio y la desaparición, física y emotiva;

– formalmente mediante la Constitución de 1980, que ha vuelto perennemente obligatoria la continuidad del modelo económico y la impunidad del régimen militar.

A pesar de los esfuerzos dirigidos a re-crear una memoria y restablecer la verdad y no obstante la tenaz resistencia política y cultural de algunos contra el dictamen de amnesia obligatoria, al final se impuso el régimen del olvido.

Fundamentalmente, la transición a la democracia ha sido un pacto de control político-militar fundado sobre la concertación y la democracia restringida, un simulacro de “cambio de época”, una “misa cultural” para celebrar una memoria sin justicia que encerraba ferreamente el pasado.

El “show cultural” se ha transformado poco a poco en dictatura del capitalismo neoliberista en cuanto medida de todos los miedos y deseos, en libre mercado liberador de todas las fantasías materialistas que, en estas condiciones, se transformaban irremediablemente en deseos inalcalzables: casa, salud, educación, jubilación, diversión y entretención.

De esta forma, además del pasado, fueron encarcelados el presente y el futuro.

Privadas de sentido, en el Chile post-dictatura la vida, la muerte y el dolor se transformaron en mercancías totalitarias, jaulas de créditos, de deudas y de una brutal desigualdad disfrazada por la alegría de los números macroeconómicos “positivos”.

Siendo el espectáculo el falso concentrado de la realidad, Chile ha representado para toda la región la encarnación del politically correct, la perfecta alquimia articulada entre el libre mercado y un eficiente sistema de control político-militar, imaginario y real.

Por consiguiente, Chile fue vivido como la “sede clásica” del neoliberalismo latinoamericano.

La miseria crediticia y la hipoteca puesta sobre la vida de la gran mayoría de la sociedad chilena “coincidió” con el despliegue de la riqueza de la élite, combinando en una ecuación perfecta la miseria de los trabajadores con el desarrollo de la industria y el comercio.

La nueva dictatura estalló en la semana iniciata el 14 de octubre de 2019.

En las imágenes de esta “revuelta pacífica” (la población no ha disparado un solo cartucho), se hallan los símbolos de una utopía urgente hecha pregunta: se puede vivir sin la dictadura del capitalismo neoliberista?

La noche del 20 de octubre el presidente Sebastián Piñera le declaró guerra a la sociedad chilena: “Estamos en guerra contra un enemigo potente”.

La declaración fue acompañada por una foto con un grupo de militares, síntesis reveladora de la semiótica del terror que estaba llegando.

Era el eslabón hasta entonces perdido para hacer transparente la criminalidad escondida del Estado neoliberal.

Su “Estamos en guerra” tomaba la herencia espectral y genocida de Augusto Pinochet poniéndola al servicio del momento abiertamente criminal de la ley del valor capitalista.

Era, la suya, una absurda y delirante declaración de guerra: “A vuestras cacerolas y canciones, opondremos nuestras armas más potentes. Que gane el mejor”.

El realismo mágico en perenne viaje entre los latinoamericanos la ha transformado en una “metáfora de guerra” continental.

Una fotografía del octubre chileno muestra una columna con la bandera mapuche, diversas banderas chilenas, la nuchedumbre que protesta.

En el fondo, el humo, el sol y el fuego languidecen en el horizonte.

Debajo, se lee un eslogan: “Llegó el momento de cambiar todo”.

Es la imagen misma de la rebelión y de su utopía:

Se puede vivir sin el capitalismo neoliberal.

Son obligatorias una rebelión civil y la organización masiva de la paz.

Esta me parece la utopía actual en toda America Latina.

Utopía porque quiere desmontar un sistema económico, político y cultural basado en el totalitarismo de la mercancía.

Utopía porque indica un mundo nuevo a partir de la crítica del mundo antiguo.

Como todas las utopías, también esta puede terminar mal.

Para ello trabajan con todos los medios el gobierno, el parlamento, los partidos, la clase dirigente, sus medios de comunicación, el gobierno de Estados Unidos …

Una derrota nada le quitaría a la justicia histórica de la movilización de las chilenas y chilenos.

Pero, no es cosa insignificante, podría una vez más postergar el establecimiento o el restablecimiento de la justicia a nuevas y siempre imprecisadas calendas griegas.

Recordando Salvador Allende, constato que en el Chile nuevamente despierto se han reabierto las grandes alamedas al paso de mujeres, hombres, gatos y perros libres, y que la historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Pero también constato la obstinada persistencia de cuanto cantaba Violeta Parra en el 150º aniversario de la independencia (1960):

“Chile limita al norte con el Perú.

Y con el Cabo de Hornos limita al sur.

Se eleva en el oriente la cordillera.

Y en el oeste luce la costanera …

Y en medio de la Alameda de las Delicias,

Chile limita al centro dell’injusticia”.

R. A. Rivas

1° de diciembre de 2019, dia 49° desde el inicio de la revuelta  

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