A propósito de la fiestas patrias y de los diversos septiembres chilenos

No tengo necesidad de motivos extarordinarios para hacer fiesta.

Para mi es fiesta cuando el sol resurge y descubro que puedo vivir otro día como si fuese el último, aunque confieso que no me parece que el sol resurja todos los días; es fiesta cuando reencuentro mi gente, la legal (no siempre y no toda) y la que elegí entre extraños y llamo amigos; cuando converso con mis hijos; cuando leo el Gabo o a Neruda y escucho Piazzola, Mozart, Rubén Blades, aunque el mundo está plagado de inmundicias musicales; cuando camino mirando el mar, en Chile, en Grecia, en Italia, en Costa Rica y en cualquier parte; cuando hago la paz con mi historia, personal y colectiva, aunque no es raro que me desvele.

Recuerdo que la noche del 5 de octubre de 1988 celebré con buona parte de mi gente, en Santiago, la victoria contra la dictadura. Contra todos los prónosticos el “NO había ganado. Fueron 15 días inolvidables los de mi primera vuelta a Chile. Y me hicieron recordar cuanto había celebrado el 4 de noviembre de 1970 la victoria de Salvador Allende.

No es que mis fiestas tengan que ver siempre con la política, al contrario. En verdad, son más frecuentes las fiestas relacionadas con nacimientos y matrimonios, con encuentros y redescubrimientos.

A veces no me acuerdo de cuando hice fiesta. Pero indudablemente, sé que hice fiesta cuando escuché cantar “El colibrí” a los Inti Illimani durante aquella campaña del “NO”:

“Trajo esta mañana lindo telegrama un ansioso colibrí.

Me decía que la savia de insectos y ranas anunciaba el fin.
Ví por la ventana, ilícitos enjambres, cual si fuera un huracán.

Repartían su pancarta con gran algazara por esa verdad.
Un tremor de ardillas de alerta y vigilia que algo esta por suceder.

Luego una palabra oculta que saltó desnuda me hizo comprender.
Salí, como el sol yo salí, a la plaza encendida de gentes, colores, gritando feliz.
Corrí hasta el mar y miré. Tras los peces venían los náufragos vivos que ayer yo perdí.
Pájaros inquietos custodiaron fuego durante la oscuridad.

Bajo el arco de sus alas me hizo luz el ansia de querer brillar.
Errantes perdidos pobres de albedrío condenados a rumbear.

Abandonan el destierro compartiendo el cielo vuelven a volar.
Salí, como el sol yo salí, a la plaza encendida de gentes, colores, gritando feliz.
Corrí hasta el mar y miré. Tras los peces venían los náufragos vivos que ayer yo perdí.
Bailé, con el aire bailé, al abrirse las celdas y ver a mi padre volver, lloré, bailé.

Mi padre murió el 17 de noviembre de 1973. No podía estar entre los que salían de las celdas.

Pero sin embargo, en algún modo yo sentí que volvía también él.

Y recuerdo que en esa noche de Santiago, llena de temores y rumores sobre un nuevo golpe, vivimos una gran fiesta.

Recuerdo que a escrutinio casi terminado me entrevistó por teléfono el Mono Carrasco, que transmitía en una gran manifestación en una sala de la Provincia de Milán.

Así, también una parte de Milán participó a la fiesta.  

En estos días he visto y leído de grandes preparativos de fiesta, en Chile y fuera de Chile.

Porque las fiestas, incluso las sin motivo, me gustan, sobre todo sí regadas con buen vino tinto, aderezadas con empanadas, conversadas y bailadas con mi gente, en este caso en sentido amplio, me agrego contento y sin vacilaciones.

No me cuesta nada hacerlo.

Recuerdo que una vez, viajando en tren de Concepción a Puerto Montt, me sorprendió que mi padre comprase copihues a destajo por ahí por Antilhue.

Es que, me explicó, de niño yo también vendí copihues.

Y cuando lograba venderlos todos era una verdadera fiesta.  

Y entonces, vaya también por los copihues.

Sin embargo, será por vejez, lejanía, malas lecturas o simplemente por las tantas ausencias no fiosológicas, el clima diciochero no logra entusiasmarme.

Probablemente, aunque fuera por razones terapéuticas, tendré que trabajar el tema.

Pero sé que la desazón no es sin motivos y, para comenzar a explicarlo, les repropongo un viejo texto.

Lo hago después de las fiestas, para no correr el riesgo de arruinarle la fiesta a nadie.

Il texto no es mio y no sé de quién es, porque presumo que el nombre del autor sea sólo de fantasía.

No comparto todas las cosas que dice. Tampoco algunas de las formas en que lo dice.

Me parece que a veces trabaja con el hacha cuando sería mejor el cincel. No condivido algunas generalizaciones que juzgo excesivas (todos los estados-nación non son idénticos, por ejemplo).

Y aunque amo el lenguaje coloquial, trato de usar los garabatos sólo cuando es absolutamente indispensable.

Por ejempo, en vez de apelativos groseros, la mañana del 11 de septiembre de 1973 Allende dijo “y un general rastrero que hasta hace pocas horas juraba fidelidad al gobierno”.

La definición de Mendocita, general más conocido como “el arroz graneado”, bueno sólo para acompañar, es más precisa, cortante y definitiva de cualquier insulto. Al menos, en mi opinión. 

Hecha estas taras, pienso que además de ser un razonamiento substancialmente correcto, Magnicidio tiene el mérito de meter las manos donde pocos tienen el coraje de hacerlo.

Lo considero indispensable, porque estoy siempre más seguro que sin un pensamiento rebelde, no hay rebeldía posible.

Naturalmente, sé también que el solo pensamiento no basta y que hay que tratar de vivir en el modo que se considera justo sí no se quiere terminar pensando en el modo en que se vive.

Pero a este respecto prefiero evitar ejemplos que en Chile sobran y algunos de los cuales siguen haciéndome mal.

Del por qué me cago (con todo respeto) en las fiestas patrias y en el Estado-nación

Magnicidio Espinoza, metiendoruido.com, 8 de septiembre de 2012

El siguiente texto contiene mis argumentos en contra de las fiestas patrias y el estado nación. Fueron escritos “Con todo respeto”, no porque yo tenga algún respeto con estas manoseadas instituciones, sino debido a que todos mis postulados estarán debidamente argumentados, por tanto mi objetivo no es mearle a nadie el asado dieciochero, sino que desvelar algunos mitos y plantear preguntas que nos hagan re-pensar y cuestionar nuestra realidad.

Se acercan las fiestas patrias. Las empanás, el mote con huesillo, los huasos en la tele y los mensajes presidenciales. La banderita colgada en cuanto mástil se nos atraviesa y los grandilocuentes discursos de “unidad nacional”, “alma nacional” y “orgullo nacional” en los diarios y noticiarios. ¡Porque aquí somos todos chilenos señores! Para el 18 se acaban las distinciones de toda clase, todos bailamos cueca, todos cantamos el himno nacional, todos nos uniformamos con el blanco, rojo y azul.

En septiembre pareciera materializarse, en cierta medida, la utopía de la unidad nacional, la misma que vociferan todos los presidentes en la totalidad de sus discursos vende-pomadas. Da lo mismo si son de izquierda o derecha, todos están orgullosos de nuestra “chilenidad”, esa que nos une a todos, independientemente de nuestra clase social, etnia, sexo, género, estatura, color de piel, etc. Sin embargo, a veces uno se cuestiona un poco este discurso maqueteado que cada vez tiene mayor gusto a cliché.

Y es que uno se pregunta, más allá de vivir en el mismo pedazo de tierra que se denomina “chile”, ¿qué tiene que ver el dueño de un medio de comunicación que los domingos va a jugar golf con el obrero que trabaja todos los días para sustentar a su familia?; ¿Qué tiene que ver el mapuche que quiere recuperar sus tierras usurpadas con el joven estudiante que quiere tener una vida exitosa en la ciudad bajo los patrones del buen ciudadano consumidor? ¿Qué tiene que ver el secundario que quiere cambiar la realidad a través de la toma de su liceo con el paco que lo saca a palos del mismo establecimiento?

¿Realmente los mapuche son chilenos? ¿Realmente existe ese espíritu etéreo que nos une a todos: “el alma nacional”? ¿Realmente existe esa weá? ¿Bajo qué parámetros se funda la “chilenidad”? Y finalmente… ¿tiene sentido hacerse estas preguntas o mejor ir a bailar cueca, curarnos raja en las ramadas y gritar hasta hacernos cagar la garganta ¡VIVA CHILE!?

UN DÍA EN QUE TODOS SOMOS CHILENOS

Voy caminando por el centro de mi ciudad. La gente pregunta “a qué hora es el partido”. Parece que hay partido de chile, la verdad es que poco me importa. Sigo caminando y veo en las portadas de los diarios los rostros de los futbolistas y la palabra CHILE en mayúsculas, todo el ambiente se está preparando. La verdad es que a mí esas cosas poco me importan. Sigo caminando y de pronto veo a una multitud de personas gritando eufóricas y me acerco. No deja de ser atrayente y curiosa la imagen. Me uno al grupo, a nadie le importa, parecieran estar todos preocupados (o hipnotizados tal vez) de la pantalla luminosa que está dentro de un bar. Claro, están viendo el partido de chile, varios de ellos tienen la camiseta roja puesta, se han uniformado para la ocasión, no se sienten incómodos en su condición de rebaño, sino que la reproducen. De pronto uno de ellos grita “¡Cholito de mierda!”, otro que está más atrás agrega “Indio de mierda, te vamos a volar la raja”, otro grita “mono culiao te vamos a encerrar en una jaula”. Claro, el partido es Chile V/S Perú. Muchos de los jugadores peruanos evidencian claros rasgos indígenas y los hinchas chilenos recriminan esta realidad como si fuera un delito, como si fuera ilegal y digno de castigo tener la piel morena. Lo extraño es que muchos de los jugadores chilenos también evidencian estos rasgos, incluso los que gritan esos insultos son hombres morenos.

Resulta impactante el nivel de enajenación con que se manifiesta gran parte de la población cuando entran en el juego del nacionalismo deportivo. Este ejemplo es paradigmático para demostrar los sentimientos que surgen cuando nos vestimos con la bandera y la supuesta “alma nacional”. Surge un nacionalismo que tiene mucho que ver con el racismo, la xenofobia y la discriminación. Y parece lógico, porque chile pretende generar su “unidad” mediante la exclusión, la negación de nuestra identidad mestiza y nuestro pasado indígena. A la vez de la negación de la fragmentación socioeconómica que vive el país, desigualdad que no nos une para nada. El poblador marginal no está para nada integrado a este sistema, es aún un producto periférico que a nadie parece importarle demasiado.

Yo sigo mirando el espectáculo. De pronto, todos gritan cuando los peruanos meten un gol, todos se lamentan en voz alta, incluso se entristecen, se les nota en la cara. Lo terrible es que todos sienten pena cuando chile pierde contra los peruanos, pero a nadie le importa, ni nadie se entristece cuando unos chilenos golpean hasta casi la muerte a un inmigrante peruano en nuestro país. En los noticiarios de la noche mostrarán todos los detalles del partido, pero la golpiza al peruano no saldrá en ningún canal. A fin de cuentas esa noticia no realza la “unidad nacional”, como sí lo hace el espectáculo futbolístico. No, la golpiza al peruano nos muestra la otra cara de ese nacionalismo asqueroso que nos inculcan desde pequeños: la cara de la muerte, de la guerra.

UN POCO DE HISTORIA

La gloriosa independencia

Si hablamos de historia, no es para glorificar ciegamente nuestro pasado, como si la tradición fuera un dogma. Si hablamos de historia, hablamos de memoria y hablar de memoria significa traer la eterna guerra contra los mitos y los dogmas. Por eso, empecemos por desmitificar algunos acontecimientos.

El 18 de septiembre se celebra la conformación de la primera junta nacional, en resumidas cuentas esta junta es una asamblea de gente perteneciente a la élite del territorio denominado, por la corona española, como “chile”. Esta gente “bien”, lo más selecto de la escena nacional, se dio cuenta de que ya no era rentable en términos de poder y en términos de economía estar supeditados a la corona española, ¿para qué dejar que el rey de España siguiera explotando los territorios si podían hacerlo ellos mismos? Fue así como lograron deshacerse de la corona y quedarse ellos con el poder. Los sectores populares no tenían nada que ganar en esa guerra entre la “elite de chile” y la corona española, lo sabían y por eso fueron reclutados, muchas veces, de manera forzosa para ir a la guerra que nada les iba a traer de beneficio. Porque para la élite chilena el “bajo pueblo” era parte de la barbarie y en ningún caso podía dirigir la nueva república, ellos eran la carne de cañón, nada más.

Qué decir de los “indios”, esos sí que no servían para nada, solo se les glorificaba por su lucha heroica contra los españoles en antaño. Tan claro era el hecho de que la independencia era concebida por y para los ricos que incluso los mapuche se mostraron más proclives a solidarizar con la causa realista que con los nuevos chilenos, los mismos que décadas después los exterminarían en un proceso de “pacificación”.

Como dijimos, los sectores populares, en su mayoría, fueron arreados a la guerra, o bien se les prometía tres comidas diarias por unirse a la milicia, nada mal para un peón con mucha hambre. Esa es la única participación política del bajo pueblo, la participación militar como soldadito en el tablero bélico de la élite. De hecho una de las pocas experiencias de auto-organización militar del bajo pueblo, enmarcada en la conocida “guerrilla” que libraron los Pincheira, fue en contra de los “chilenos” y proclive a la causa realista. Así son las cosas, parece que todos se daban cuenta desde un comienzo que el cambio de mando, el nacimiento de esta nueva y gloriosa república no iba a traer más que opresión. Y sentimos decepcionarlos queridos amigos, pero eso es lo que celebramos el 18 de septiembre, la independencia de un grupo de dirigentes de élite. Celebramos el triunfo de la oligarquía o aristocracia criolla, la cual tenía las manos libres para hacer y deshacer. En resumidas cuentas: celebramos el triunfo de los poderosos para poder explotarnos tranquilamente y con plena independencia de otros poderes.

Chilenidad y guerra

En una plaza del barrio Yungay en Santiago se puede ver una escultura de la célebre figura del “roto chileno”. Abajo (en una placa) se pueden leer las palabras “Chile agradecido de sus hijos por sus virtudes cívicas y guerreras”. El monumento es un homenaje de la élite oligárquica chilena a los “rotos”, a los “pobres”, al “bajo pueblo”, pero bajo el marco de sus “virtudes cívicas y guerreras”. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que la élite reconoce al “rotito” como un ser bueno para pelear, aperrado para la guerra, como si esa fuera su única virtud (1). Y algo tiene de cierto este pensamiento, ya que durante todo el siglo XIX los pobres fueron arrastrados por la oligarquía hacia la guerra, la cual se constituyo en el único espacio en donde los pobres podían incidir en el futuro político de la nación. El mismo barrio de Yungay fue fundado con el nombre de esa mítica batalla en donde chile triunfó sobre la confederación Perú-boliviana en el año 1839 (no se confundan, no les hablo de la guerra del Pacífico, esa viene más adelante, ya que chile en dos ocasiones se ha enfrentado a Perú y Bolivia juntos). Esa guerra de la década de 1830 fue fomentada principalmente por el ministro Portales, un mercader que tenía como utopía transformar a chile en un paraíso del orden, la disciplina y el progreso para los negocios. Chile sale triunfante en esa guerra y cimienta tempranamente algunos atisbos de ese “sentimiento nacional” que tanto daño nos hace hasta nuestros días. Obviamente, la guerra había sido ganada por los “rotos” y eso la oligarquía lo reconoció, y no fue porque sean gente amable o de bien, sino porque les interesaba formar una identidad nacional en torno a lo bélico, sabían de lo necesario de los rotos en sus campañas militares y lo importante de generar esa mierda que llaman “alma nacional”. Décadas más tarde, se produce nuevamente una guerra contra Perú y Bolivia (ahora sí hablamos de la guerra del Pacífico). El triunfo de chile en 1883 logró acrecentar el espíritu nacionalista en la población y también el poder bélico del país.

Unas décadas antes, en 1861, el estado chileno emprendió unas empresas militares hacia el sur del territorio, las cuales son conocidas con el eufemismo de “pacificación de la Araucanía”. Lo cierto es que de pacífico esta empresa no tenía nada, sino que se dirigía expresamente a eliminar a la población indígena que habitaba el territorio, era lisa y llanamente un genocidio, pero claro, suena más bonito “pacificación”. El estado chileno necesitaba expandir su territorio para satisfacer su incorporación al sistema productivo mundial, se necesitaba satisfacer con materias primas la industrialización de los países desarrollados. Además, de pasadita se lograba hacer un exterminio racial, acabar con todos esos “indios sucios” que nada aportaban al progreso, que nada aportaban a la nación, que nada aportaban a los “chilenos”.

Como ven, chile (y el resto de los otros estados-naciones) se funda en esta mentalidad de guerra. La guerra de independencia. Las dos guerras triunfantes contra Perú-Bolivia y las campañas militares para eliminar a los mapuche.

En el siglo XX el ejército ya no se preocuparía de asesinar peruanos, bolivianos o mapuche. Ahora se pasaba a la lógica del enemigo interno. Ahora los pobres eran potenciales enemigos de la nación. Todos representados por gente que quería cambiar las cosas: obreros anarquistas de principios de siglo o pobladores durante el terrorismo de estado del año 73. Ahora los milicos hacían de las suyas ametrallando obreros como ocurrió en la escuela Santa María, o bien torturando masas de población para el golpe militar. La defensa de los valores de la nación fueron los argumentos del ejército para intervenir el 73. Claro que los valores de la nación eran la muerte y la tortura, al fin y al cabo este país generó su identidad a base de la guerra, de lo bélico, de las masacres ya sea contra peruanos, bolivianos, mapuche o los propios chilenos. Los milicos realizan sus asesinatos amparados en la bandera y el escudo nacional, los mismos emblemas que son la supuesta “esencia” de nuestra chilenidad, esa mierda que nosotros y nosotras celebramos para el 18.

Ya durante el primer centenario de la nación, la elite local intentó hacer una gran fiesta celebrando a la gloriosa patria. Eran los primeros años del siglo XX y chile se desgarraba internamente con el grave problema de pobreza y desigualdad denominado comúnmente por la historiografía como “la cuestión social”. La llegada de la industrialización formó grandes capas de obreros asalariados que vivían en condiciones extremadamente precarias. Las ciudades crecían y se inauguraban los conventillos, lugares sucios en donde se aglomeraban decenas y decenas de familias pobres. A pesar de todo los poderosos intentaron hacer una fiesta para celebrar los 100 años de la nación (más o menos un show similar al que se montó en el bicentenario).

Por esa época, muchos obreros ya tenían claro que ellos no celebrarían la patria. Y así lo atestigua un documento escrito, en aquellos años, por Luis Emilio Recabarren:

“Lo que hay de verdad, miradas las cosas sin pasión, es que un grupo de ambiciosos de poder y de dinero y que hoy son llamados ‘padres de la patria’, armaron a los esclavos de la colonia para hacer la revolución y una vez vencedores ellos se apoderaron de la dirección de los pueblos y del dinero.

¿Qué patria tenemos nosotros que no poseemos un solo pedazo de suelo, ni un techo donde descansar?

¿Qué libertad tenemos nosotros que no podemos andar, comer, gozar, ni trabajar sino bajo el peso de leyes abrumadoras y pesadas? ¿Que celebramos entonces?…” (2)

AQUÍ TODAS Y TODOS SOMOS CHILENOS, ¡TIKITIKITÍ!

Gran parte de eso que llamamos chilenidad, y que supuestamente nos une a todos y todas los chilenos, es impuesto. Desde pequeños en la escuela nos adoctrinan para sentir un profundo orgullo y amor por la bandera chilena, el himno nacional y todos los símbolos de la patria. Se nos dice que debemos estar orgullosos de nuestro país, de sus tradiciones, se nos enseña a bailar cueca y a veces se nos lleva a hacer visitas a los pacos u otra institución garante del “orden nacional”, para que veamos lo lindo que es su trabajo al servicio del país y de la patria. Lo cierto es que de todas estas ficciones culturales que son impuestas podríamos hablar muchísimo, sin embargo nos remitiremos a una. Hablaremos a continuación de lo relacionado con la cueca y ese discurso difundido que afirma que es nuestro baile nacional.

Partamos diciendo, para evitar cualquier chovinismo iluso y estúpido, que la cueca es una forma y estilo musical proveniente del Perú (seguramente igual que el pisco, jajaja). Por otro lado, no sería más válido como forma cultural por el hecho de ser genuinamente “chileno”, lo que tratamos de decir en este artículo es que eso que llamamos “chileno” es principalmente una ficción e intentamos desmitificarlo. De hecho da risa como se reivindica con una pasión imbécil que el pisco es chileno. Como si fuera más rico o curara más porque así fuera. Lo chistoso es que todos reivindican que un copete es chileno bajo ninguna prueba real, sin embargo teniendo todas las pruebas históricas nadie reivindica la cultura mapuche como parte de nuestra identidad. Al final más importa reivindicar nuestra identidad en un copete, que en una cultural “hedionda a indio”.

La cueca, como dijimos, fue un baile y estilo musical proveniente del perú, el cual adquirió bastante acogida por los sectores campesinos y rurales de la zona central. Es importante decir que otros estilos musicales y de baile existen a nivel nacional como los de origen mapuche, aymara, pascuense o los provenientes de zonas como Chiloé o el sur austral. Sin embargo, ¿por qué la cueca se configura como el baile nacional? (3)

¿Cómo se explica que para el 18 de septiembre desde el caballero de Punta Arenas, hasta el joven de Iquique se vista de huaso y espuelas? ¿Tiene algún sentido ocupar un poncho en el norte, en donde hace más calor que la cresta? A qué se debe esto de una sola tradición musical y de vestimenta para referirse a lo “chileno”, si vivimos en un país extremadamente diverso en términos geográficos y no menos diverso en términos culturales. Como que algo no cuadra y es porque la idea de que la cueca y la figura del huaso son la imagen de la “chilenidad” es una completa ficción impuesta desde los sectores dominantes.

La cueca empieza a ser impulsada como la cultura estereotípica de la patria a partir de los años 20 y con mayor fuerza en los 30. Fue un intento de imponer una cultura por parte de la oligarquía chilena, la cual se había visto seriamente amenazada en la década del 20, en donde distintas protestas, una dictadura y crisis económicas habían puesto en crisis a la oligarquía. Estos sectores impulsaron entonces la figura del Huaso como el sujeto histórico que encarnaba de mejor manera el “alma nacional”. Como vivimos en un país ultra-centralista y gran parte de la élite se encuentra en Santiago se escogió el baile “folclórico” de la zona central como el modelo. Por otra parte, muchos integrantes de la oligarquía eran terratenientes y se veían más cercanos a esta cultura musical. Claro que antes, sanitizaron la figura del huaso, lo vistieron a la forma tradicional, bien apatronado, limpiecito y con bailes que no ofendieran la moral de la burguesía comercial y terrateniente. Por otra parte, eliminaron cualquier atisbo de “rotería” o contestación en las letras de las cuecas. De esta manera, se privilegió una literatura “paisajista” en las tonadas, en donde se describía lo lindo que eran las tierras chilenas, lo orgulloso que nos sentíamos de ella y lo bello de nuestra tierra. Se retrató al huaso ascendente que nada tenía que ver con “roteques” y cantores populares. También se cantaban canciones en honor a las luchas militares de antaño y otras letras de carácter superficial. Simplemente se describía una bonita postal del país. De esta manera, fue instalándose de a poco la idea de que la “cultura del huaso” y la cueca eran una esencia de nuestra “alma nacional” y algo “típico chileno” (como dice el saco hueas de Coco Legrand en un comercial de una marca de vino tinto).

A contraposición de estas corrientes, se fueron gestando otras experiencias dentro de la región chilena. Por ejemplo, personajes como Violeta Parra y Margot Loyola, quienes fueron recopilando diferentes tradiciones culturales y musicales de todo el territorio que llamamos chile. Ellas, junto a muchas otras personas, fueron dando cuenta de la enorme riqueza y diversidad de la música que existía en estas zonas, lo cual se contraponía totalmente al uniformamiento musical de la tonada huasa tradicional. Por otra parte, la música recopilada en diversos espacios populares, indígenas y campesinos incorporaba lo cotidiano en sus letras, demostrando la realidad que vivían las comunidades. A diferencia de las letras “paisajistas” y alienadas de la tonada huasa.

La explosión de esta cultura (que tiene su más reconocido exponente en Violeta Parra) se tradujo en un movimiento cultural y artístico, denominado “nueva canción chilena”. Este movimiento, aunque también simulaba algunas ficciones nacionales, integraba a la cultura diversas manifestaciones populares y asumía un discurso que no era complaciente con las capas dominantes de la sociedad. De hecho, la elite veía a la nueva eclosión cultural y musical como algo “afuerino, peonal, sospechoso, insolente, roto y subversivo”.

Y bueno, todo el proceso cultural de la Violeta y tantos otros fue totalmente desmantelado todos sabemos cuándo. Desde el golpe de estado del 73 en adelante los militares ocuparon nuevamente la imagen del huaso, la cual había sido gravemente desplazada por las otras manifestaciones culturales de la “nueva canción chilena”. Por ejemplo, en la televisión chilena se estrena un programa llamado “Chile, país del huaso” el año 1974. Por otra parte grupos como ‘Los huasos quincheros’ (uno de los más grandes exponentes de este estilo de cueca latifundista) comenzó a cantar explícitas canciones a favor del régimen que eran tocadas en la tele y en las radios de todo el país. Aquí un ejemplo de una de sus letras:

“Soy de la caballería/soldado y huaso de chile/sirvo mi arma con amor/con húsares y dragones/lanceros y cazadores/defiendo mi pabellón/como un tropel de centauros/envueltos en polvo y hierro/atravesamos la patria/en un golpe guerrero.”

Benjamín Mackenna, líder del grupo “Los huasos quincheros” participó activamente en la sección cultura de la secretaría nacional de la juventud después del golpe de estado, y desde 1977 estuvo a cargo de la secretaría de relaciones culturales. En 1979, la dictadura militar decreta mediante una ley que la cueca es la música y baile nacional.

Al final aquí no llamamos a odiar o negar la cueca. Al fin y al cabo igual es una rama musical auténtica que proviene de experiencias populares que en algún momento fueron autónomas del poder y de un carácter popular auténtico. De lo que estamos en contra no es de la cueca, sino de la imposición de la cueca como única música y baile nacional. Muchos de nostrxs bailaríamos felices un pie de cueca y se nos moverían las patitas. Porque nos acordamos de las celebraciones cuando eramos chico, todos los años nos inculcaron esa música y en los colegios también. Pero seamos sinceros ¿cuántos de nosotros escucha cueca el resto del año, cuando esta solo o la pone en el pendrive para escuchar en la calle?

Lo cierto es que debemos estar claros que la cueca y el huaso no son ni la música ni la figura nacional. Son ficciones creadas en gran parte al servicio del poder. Y así el huaso fue ganando terreno entre el zapateo de espuela y el zapateo militar, tikitikití.

¿Y LATINOAMÉRICA QUÉ?

Se suele decir que chile es el jaguar de Latinoamérica. Algo así como los más “desarrollados” de la región. Los mas “blancos”, los mas “civilizados”. Pura mierda sustentada en nuestro supuesto progreso económico producto del neo-liberalismo… no me hagan reír. Pareciéramos estar separados de América latina, pero esa separación viene de mucho antes.

Los estados-nación, en su permanente necesidad de crear ficciones nacionales que nos unan bajo su proyecto dominante, suelen elegir determinadas fechas históricas que encarnan el “sentir nacional”. Esas elecciones no son al azar y representan el proyecto que intentan inculcar los estados. Por algo el más importante anuncio de gobierno se realiza en una fecha de gloria militar, el 21 de Mayo como si la guerra fuera santa, necesaria y republicana. Un espacio de orgullo nacional y por tanto apto para dar los “buenos anuncios”.

Si lo pensamos bien, nosotros y nosotras vivimos en una tierra que han habitado personas hace miles de años (América Latina tenía muchas culturas milenarias asentadas en su territorio al llegar los españoles). Pero habitualmente consideramos que chile solo tiene 200 años. Ni siquiera se consideran los 300 años anteriores bajo la corona española. ¿Por qué ocurre eso?

Situar como la fecha más importante el 18 de septiembre de 1810, es situar en el centro de la historia a un grupo de gente blanca y civilizada que logró conquistar la libertad (todo muy bonito ¿no?). En cambio, situar la mirada o el centro de nuestra historia durante el periodo de conquista, es mirar las luchas entre indígenas y españoles, las masacres, las guerras y la imposición cultural de “occidente” frente a la “barbarie” (algo no muy bonito).

Lo cierto es que nuestra verdadera identidad proviene de ese choque cultural, ahí radica toda nuestra potencia como cultura mestiza. Nuestra identidad no proviene de esos blancos independentistas con ropita limpia y planchadita. Nuestra identidad proviene de españoles sucios e ignorantes enfrentándose a indígenas confundidos y desorientados. Nuestra identidad es la masacre, la guerra y la posterior mixtura entre ambas culturas. Nuestra identidad es morena y mestiza, nacimos de la fornicación (o la violación) de un español sobre una mujer indígena.

Ser latinoamericanos es indignarnos frente a la imposición cultural del reino español, es saludar al hermano peruano, argentino o venezolano como parte de una misma historia de mestizaje. Ser latinoamericanos es desechar las fronteras y situar la mirada en el individuo y no en el estado. Ser latinoamericano es indignarse con el imperialismo gringo u de cualquier otro país. Por otro lado a los poderosos siempre les conviene que olvidemos nuestras raíces latinoamericanas y nos enfrasquemos en discusiones estúpidas con nuestros vecinos argumentando las supuestas soberanías, millas marítimas y todas esas mentiras creadas por el estado nación. Nos quieren más preocupados de una supuesta rivalidad entre pueblos hermanos, en vez de preocupados por atentar contra las burguesías esclavistas de cada nación.

Yo me siento mas hermano de un peruano, argentino o colombiano que quiere cambiar este mundo de injusticia, en vez que de un chileno individualista o exitista. Prefiero pasar mi tiempo con un boliviano, paraguayo o brasileño que con un chileno arribista y consumista. Mis hermanos no son los que me dijo el estado, mis hermanos están mas allá de cualquier frontera.

Por supuesto, no hay que idealizar lo latinoamericano y transformarlo en una nueva identidad nacional. Bien sabemos que este sentimiento puede ser perfectamente utilizado por algún proyecto estatal o de la élite que quiere imponerse. Se trata de no negar nuestra verdadera historia, porque nuestro verdadero origen no es 1810, nuestro verdadero origen fue 300 años antes con el choque de civilizaciones y pueblos en ese círculo demente que llamamos historia. Lo que queremos decir es que no podemos negar nuestra identidad de mestizos, no podemos negar nuestra hermosa morenidad, ni tampoco nuestro legado español. No podemos seguir negando lo que no se puede negar.

CHILE EXISTE, WALLMAPU NO

Inevitablemente llegamos al tema mapuche. Como se dijo anteriormente los mapuche, en su mayoría, apoyaron la causa realista. Ellos estaban claros del nuevo mal que se les acercaba. No tuvieron que esperar mucho para que los “chilenos” se abalanzaran a sus tierras en una campaña de exterminio que comenzó en la década de 1860 y terminó cerca de dos décadas después con la conocida “pacificación” de la Araucanía. Lo cierto es que hay que decir las cosas como son: fue un genocidio. Luego, el resto de los gobiernos trató como verdaderos bárbaros a los mapuche. Ellos eran indios, negros, poco civilizados, flojos, borrachos, no sirven para nada. Tanto los gobiernos de derecha como los que se afanan de ser de “izquierda” o “socialistas”, como el de Michelle Bachelet, los reprimieron y les quitaron las tierras.

Si lo piensan bien, celebrar el 18 de septiembre para los mapuche es celebrar la muerte de su cultura, el arrebato de sus tierras, el exterminio de sus hermanos, la represión brutal sobre sus niños y la humillación total a su pueblo. Pero los gobernantes dicen que “todos somos chilenos”, pero esto es pura mierda, o acaso… ¿un mapuche es chileno porque el estado le entregó una cédula de identidad? ¿Son chilenos los mapuche porque se les otorgó el derecho a votar? Claro, ahora todos los mapuche pueden votar por un lindo y blanco candidato en las próximas elecciones, ¡bienvenidos a la democracia peñis! Y todos renegamos de nuestra sangre peñi, en la tele sale gente blanca, en los catálogos de ropa de Falabella salen niñitos rubiecitos, a los hermanos con apellidos mapuche se les hace difícil encontrar pega por la discriminación, o si en una familia popular nace un niñito con pelo clarito se celebra como si fuera un triunfo que no hubiera salido morenito. Pero al final todos llevamos la sangre mapuche en las venas, los pobres en el corazón y los poderosos en las manos, como dicen por ahí.

Y mientras nosotros nos tomamos un copete para el 18 y gritamos tikitikití, los y las mapuche se lamentan por el genocidio corporal y cultural al que los ha destinado el estado chileno. Por la re chucha.

LA FARSA DEL ESTADO-NACIÓN

“El Estado, es decir, la organización de la división de los hombres entre gobernantes y súbditos, se ha apoyado siempre en la noción de territorio, que responde para los diferentes explotadores a la necesidad, a la vez, de fijar sus esclavos, sometidos, en un territorio determinado, y de marcar la distancia con los eventuales enemigos, haciéndoles saber que en tal zona, hombres, animales y plantas les pertenecen.” (4)

Lo que conocemos como estado-nación, o sea esa comunidad imaginada con determinados patrones culturales enmarcados en cierto territorio con sus respectivas fronteras, es una invención que se consolida con el advenimiento del capitalismo. El nuevo sistema económico denominado capitalismo re-estructura todo el campo social y cultural en la sociedad. Se forman clases sociales cada vez más marcadas y desiguales. El capitalismo es una máquina de segregación, divide a la humanidad en obreros y patrones, ricos y pobres, explotadores y explotados, capitalistas y el “populacho”. Esas profundas divisiones deben ser aminoradas y camufladas con el fetichismo de la bandera, el himno o la celebración de fiestas que “unirían a la nación”.

Sin embargo todos sabemos que esa unidad no existe, cientos de miles aún viven en condiciones de segregación y violencia, nuestra sociedad está visiblemente dividida, la comunidad ha sido destruida por la autoridad del estado y el poder disgregador del mercado.

Frente a la desintegración general de la comunidad, el capitalismo y el estado generan una comunidad ficticia que se denomina como “nación”, esta última estaría intrínsecamente relacionada con el estado, este último moldearía los patrones para la conformación del “buen patriota”, el ciudadano prototípico, el habitante del estado-nación. Este último planta fronteras en el territorio para que sus esclavos no puedan escapar y para señalar que todo ese espacio le pertenece legítimamente.

Mediante la escuela, los medios de comunicación y la propaganda del estado se instalan en la población los sentimientos y emblemas de la comunidad ficticia, una unión bajo el alero de los intereses del estado y las clases dominantes. Pronto se inculca el nacionalismo, el cual es la extraña creencia de que mi “país” y yo somos superiores que el resto por el solo hecho de nacer en ese lugar. La xenofobia se instala como dogma imperante y diseño estructural de un modelo que siente asco y miedo por lo “distinto”.

Los medios de comunicación, la escuela y los discursos de los distintos gobiernos nos sitúan como los mejores de Latinoamérica, las leyes de inmigración en este país son tales, que dejan en condiciones paupérrimas a nuestras vecinas y vecinos, los discursos que nos imponen desde pequeños nos dan a entender que el extranjero viene a robarnos el trabajo, que el peruano y el boliviano vienen a hacernos la guerra, pero el gringo y el europeo son buenos amigos que vienen a pedirnos permiso para chupetear como sanguijuelas la biodiversidad de chile. Estamos bien económicamente, dice el presidente, estamos ad portas del desarrollo, dice el presidente… ¿cómo decirle eso a quien con suerte llega a fin de mes, a quien con suerte logra echarle algo a la olla?

Hemos llegado a tal punto que no tener una bandera izada en nuestra casa para el 18 de septiembre es digno de una multa, ¿y qué pasa si a mí no me representa esa bandera? ¿Qué pasa si realmente yo no quiero celebrar el cuento de hadas que por cientos de años nos han vendido? Es triste, tan triste que incluso salimos de cuarto medio creyendo que la pacificación de la araucanía fue un intercambio de flores y abrazos, y todos los lunes cantando un himno nacional con letras violentas. Es tan triste que hoy, 8 de septiembre, vi un comercial de un banco que hacía referencia a un partido de chile como lo que nos une, y una movilización social… como aquello que nos desune.

El estado-nación formó una comunidad ficticia bajo los valores de la guerra, el racismo y el miedo a lo distinto. Formó esta ficción de comunidad, porque su existencia presupone la destrucción de cualquier identidad sincera y real.

PARA CONCLUIR Y DEJAR LA CONCLUSIÓN ABIERTA

Lo terrible del sistema, es que luego de 200 años de un cuento bien arreglado nos ha instalado su mierda en la cabeza. Hoy, se puede ser un patriota xenófobo sin que nadie nos lo diga. Muchos creen en la independencia por pura y simple socialización. Otros aman la bandera porque están conformes con seguir el rebaño. Eso es lo terrible del sistema.

Otros creen que el ejército de Chile es el defensor de eso que llaman “patria”. Le tenemos miedo a nuestros vecinos y nos peleamos por un pedazo de tierra o mar. Con nuestra pasividad dejamos que se gasten millones y millones de dólares para armamento militar que supuestamente servirá para nuestra defensa. Pero lo más seguro es que todas esas armas y tecnología que está almacenando el ejército chileno sea ocupada contra nosotros mismos como pasó el 11 de septiembre de 1973. Recuerden, por ejemplo, que la única operación de ataque de la fuerza aérea chilena ha sido contra su propia población cuando bombardeó el centro de Santiago y La Moneda. Al final si nosotros (los que somos supuestamente más conscientes que la masa que actúa como rebaño) seguimos sin tocar estos temas, seremos nosotros los próximos enemigos de la nación, seremos nosotros los próximos anti patriotas que deberán ser eliminados. Fomentar y celebrar la existencia del estado-nación y todas sus masacres es fomentar y celebrar nuestro futuro exterminio.

No dejemos que esos discursos llenen nuestras cabezas, no dejemos que las próximas generaciones se obnubilen con historias basadas en mentiras donde los poderosos siempre eran los buenos… como todos los años me pregunto, ¿qué es lo que hay que celebrar?

Que celebren los dueños de chile que todos los 18 de septiembre ven a un país unido bajo los intereses de los poderosos. Que celebren los que han regado con sangre la historia de chile. Por mi parte no estoy ni ahí con celebrar cuando el estado me lo dice y hacer brindis junto al presidente y la burguesía. No estoy ni ahí con celebrar una fiesta en donde luchar es anti-patriota, esa no es mi fiesta.

Yo, la verdad, es que (con todo respeto) me cago en el nacionalismo y las fiestas patrias. Me cago en toda su historia plagada de mentiras. Me cago en su identidad ficticia impuesta mediante sus escuelas que parecen cárceles. Me cago en su sentimiento patriota que se enorgullece de las victorias militares y asesinatos masivos en las guerras. Me cago en los desfiles militares para conmemorar el 18 de septiembre. Me cago en la bandera y el escudo nacional, porque simplemente no me representan. Me cago en su república facha y patriarcal. Me cago en la elite de mierda que fundó esta weá que llaman “chile”. Me cago en que tengamos que festejar como nos cagan durante siglos. Me falta mierda para cagarme, pero igual me cago en todas y todos los que intentan validar el nacionalismo y el estado-nación.

“Eso de extrañar… la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental; la patria es un invento… Uno se siente parte de muy poca gente, tu país son tus amigos, y eso sí se extraña.” (5)

Y es que si esa weá que llaman patria existe, ni cagando es una bandera, un himno o un escudo nacional. Es otra cosa, quizás nuestros seres queridos, nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestra comunidad. Pero en ningún caso es el estado-nación, el cual permanentemente nos niega la posibilidad de querer, de apreciar nuestro cuerpo, de sentir nuestra vida y construir nuestra comunidad.

Yo me pregunto entonces ¿qué chucha hay que celebrar?

REFERENCIAS:

1) Sobre la conformación del estado-nación chileno revisar el texto “¿Chilenos todos?” de los historiadores Julio Pinto y Verónica Valdivia / Editorial LOM.

2) Discurso de Recabarren a principios de siglo.

3) Sobre la figura del huaso como construcción historica de las elite revisar el texto “Nuestra revolución contra su revolución” (Volumen II) de los historiadores (entre otros) Veronica Valdivia y Julio Pinto. Ver el capitulo “¿Canción huasa o canto nuevo?” / Editoria LOM.

4) Cita extraída del texto “Fronteras y limites: nación estado o comunidad humana

5) Cita de la película ”Martín (hache)”

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